Estoy sentada en una barra frente a la ventana que da a la calle. Aquí no hay tantos lugares en los que puedas ver directamente a la calle mientras comes o tomas café, aunque cada vez hay más.
Siempre me ha gustado escoger un lugar y ver a la gente pasar, no me calma, no es como ver el mar. Pero me entretiene ver cómo se visten, cómo interactúan, pensar en dónde tienen su mente o cuál es su historia.
La verdad es que cuando estás en una barra que da de frente a la calle tú terminas siendo el sujeto de observación también. Es muy obvio que si te sientas allí es porque quieres estar viendo. Una vez se pararon dos tipos que estaban en la calle frente a mí, yo comía una hamburguesa riquísima, ellos empezaron a reírse de mí, imitaban cómo comía y para el gran final uno de ellos lamió el vidrio. Eso fue todo, evite la barras que daban frente a la calle por un tiempo.
Ahora que estoy aquí, realmente no lo estoy disfrutando tanto, este es el café de un hospital así que muchas personas pasan obligatoriamente por aquí. Pasan muchos algunos despreocupados, platicando, sonríen, otros distraídos, pareciera que sus ojos enfocan algo que nadie más puede ver, hay mucha tristeza, mucha preocupación. No quiero imaginar su historia.
Mientras yo me siento afortunada de que todo salió bien, no fue fácil. Sentí mucho miedo y eso es algo que me deja sin palabras. Me mantiene lejos de todo. A todas las citas le pedí a mi esposo que no me acompañara, él insistió e insistió. No le dije nada a mi madre sobre lo que me pasaba hasta un día que realmente me sentía muy mal, me hizo prometerle que le avisaría la próxima que viniera y aquí estoy sin ella. Mi hermana vive literalmente frente al hospital, desde el consultorio podía ver su departamento, pero ella no tiene ni idea.
No soy capaz de poner todo lo que el miedo me impacta en palabras. Tal vez eso, por ahora, no importa y lo importante es que estoy bien.
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