Miguel es un compañero de mi salón. Tendrá más de 40 años, instantáneamente me cayó muy bien. Las ocasiones en las que ha expresado su manera de pensar me he dado cuenta de que es un hombre sencillo con un juicio certero. Él es casado y tiene una hija.
Julia también está conmigo en el salón, es una persona muy directa y resuelta, características difíciles de encontrar en esta ciudad. Ella nos expresó desde un inicio las diferencias que tiene con su esposo y cómo superó sus problemas de personalidad para dejar de dañar a sus hijos.
Un día que manejaba de regreso a mi casa los vi caminando por una calle cercana al escuela. Ella lo tomaba del brazo y se recargaba en su hombro, era un gesto muy dulce. Fue más mi sorpresa que mi admiración al gesto. No había querido escuchar los chismes, yo les pedía a mis amigos que dejaran de hablar sobre cosas que no sabían con certeza, especialmente porque ellos eran cabezas de familia, cada uno con pareja e hijos.
Al día siguiente, mientras esperaba para usar una máquina en donde Miguel cosía, la tela que estaba trabajando se me hizo muy bonita. Le pregunté que si era para su hija y me dijo que no, que era para su esposa.
Algo dentro de mí se encogió. Rápidamente vino a mi mente aquella canción: I know you love one person, so why can't you love two, love?