10.16.2014



Aprendí muchas cosas de ti esa noche. Escuche todas tus historias, y no lo dijo con hartazgo, todo me parecía  muy interesante, hasta las cosas más bobas. Es que había algo en ti. Era la manera en la que te movías, tus gestos, como echabas tu cabeza hacia atrás cada vez que te reías, como si estuvieras pasando el gran momento de tu vida.

Ya había observado esos detalles antes de salir contigo, pero ahora que aquellos movimientos y gestos eran una respuesta a todo lo que te contaba, me sentía tan emocionado, tan especial. Pensé que podríamos manejar esta situación y que era la primera cita más increíble que había tenido.

Creo que eso nos confunde de las mujeres, nos cuentan su vida personal y algún detalle en extremo intimo, se interesan en nuestra conversación y se ríen de nuestros chistes, para que después no pase absolutamente nada.

 Tengo un don para saber cuando las cosas se han quebrado. Es un don totalmente inútil, si tan sólo se tratara de saber porque las cosas se quiebran, al menos podría arreglarlo. Pero se trata de percibir un instante en el que la mirada nerviosa se desvía y se ve lejana, ocupada y luego regresa rápidamente y para evitarte otra vez y la mayoría de las veces le sigue una ida al baño.

Luego volviste como si nada hubiera pasado,  bailaste conmigo, salimos por un cigarro y hablamos de esa mujer extraña que casi se inclinó a estar a punto de plantarme un beso en la boca, la imitaste, diciendo que tal vez estaba drogada, además de borracha, acercaste tus labios y pude sentir el resto de su cuerpo recargado en mi brazo, pero luego echaste la cabeza hacia atrás y soltaste una carcajada, entramos y bailamos por un rato más.

Después de esa noche no volví a saber de ti.