El dueño de Panamá es un magnate judío, yo lo soporto poco. Dice que no puede enviar al mejor de sus gerentes a la capacitación porque es caro. ¿Qué son 209 dólares para el último de los magnates? Nadie le cree. Todos torcemos los ojos, nos reímos y decimos: por favor.
Se animan a hablarle por teléfono y dice no saber que hacer, es un problema personal, el gerente no puede ir.
¡Es una gran oportunidad!
En el altavoz se escuchó su respuesta y recorrió el cuatro, nos paso entre las piernas.
Es que tiene sida.
Nadie lo vio venir y contamos hasta 3 para mordernos los labios.
Yo no sé que hacer. Ya no sé que hacer. Los demás empleados están asustados y dicen que es un peligro andando. Bueno, tu lo conoces. Es C. Una aguja, una aguja. Eso dicen, están a una aguja de contagiarse.
Intercambiamos miradas, nos tapamos la boca con la mano y la mordemos de paso.
Cuelga y su voz sigue sonando en el cuarto. Se queda ahí con nosotros que pensamos en C., adentro de ese traje tan pequeño que usaba, tan serio, tan peinado para un lado.
Pobre de C.
Pobre de C.