Démosle la vuelta y vayamos detrás de la cortina del baño, esforzándose por no tocar el piso, esforzándose por estar bien, en el lugar correcto. Haciendo lo bien, concentrándose en. Detrás de la cortina. Se quedo frío en cuanto se acabo el agua y se empezó a secar sin tener una toalla. Escurría en silencio, escurría de la misma manera que los años lo hacen cuando nadie les presta atención, cuando te crees igual a los 27 que a los 33. Escurría. Solo diciendo, por favor no. Esta vez no. El mundo moderno no esta hecho para la vergüenza, ni para los sentimientos.
Con la boca, las piernas, las manos, los cabellos y los ojos hechos agua, dejo que se fuera. Pidió por que se fuera y lloro detrás de la cortina. Sintiéndose terriblemente por estar tocando ese piso. Tratando de no ver nada nunca. Si, nada nunca. De cualquier forma no se movió ni un centímetro y tenía bien calculado donde se encontraba cada invitado apetecible y no volvía la mirada y trazaba su salida por un camino seguro.
Se imagina, cruzando el salón, la mesa de cinco. Todos atentos que el pecado mancha el alma. La mancha es la vergüenza y que el olor delata.
Recogiendo el corazón por partes entre todo aquello que nadie quiere ver, sobre ese suelo que no es bueno pisar. Encerradas las palabras detrás de la cortina.
De nuevo va a ese lugar y no siente nada. Nada de vergüenza.
Se llamaba soledad y se le metía por todo el cuerpo.