El cansancio se notaba en todas las articulaciones del cuerpo, era posible saber exactamente cómo y dónde se conectaban unas con otras. Era posible porque las sentía.
Subiendo y bajando, la carne palpitando.
A mí me tocó estar en el segundo piso.
Alberto y Paola estaban abajo y al centro. Alberto es todo un personaje, muy peculiar físicamente y simpatiquísimo, me hizo partirme de la risa varias veces.
Ese día para mí había sido horrible. Sólo quería que terminara pronto. Me llamaron por teléfono y me preguntaron: “¿qué quieres hacer?” Yo dije: “Me gustaría cambiar de ropa y meterme bajo las colchas. Quedarme en la cama aunque no tenga sueño pero si hasta que ya no tenga ganas. Eso me gustaría, pero no es un comportamiento aceptado por la sociedad y al contrario de mejorar mi salud mental creo que la empeorará.”
Una tierna actividad horizontal frente a mis ojos. Dos chicos se habían sentado en el balcón y disimuladamente uno sobaba la pierna del otro. Varias señoras hacen preguntas imposibles para Alberto y Paola, preguntas para las que no hay respuesta en sí. Yo pensé en ellas, como integrantes de un círculo de lectura o un café literario.
En cada plática con escritores a la que he ido, me encuentro con un grupo de señoras, ansiosas de participar y sienten la necesidad de que en algún momento cuando están frente al micrófono deben revelar que pertenecen a tal café literario. Me pasó con Villoro y las señoras del café literario de Marco estaban incontrolables. Admiración y símbolo sexual intelectual para las mujeres de 40 y más.
Entonces luego ante Alberto y Paola las señoras lo revelaron. “Bueno nosotras cinco leemos y escribimos también, estamos en un círculo de lectura, se llama el Círculo de las Rulfianas” Yo pensé en darle 5 usos más a ese nombre.
“Es que además hay cosas que no están hechas para leerse en voz alta. Hay cosas que no pueden escucharse” dijo Alberto. Se la paso diciendo cosas así, trascendentes, y haciéndonos reír. Paola se sorprendía, igual que nosotros cuando nos quedábamos con la boca abierta, ante algunas frases de Alberto y asentía con la cabeza.
Hubo un momento de silencio y preguntaron que era ahora lo que querían escuchar.
Desde el segundo piso, donde estaba yo, y a dos personas de mí, un chico empezó a gritar:
“¡Más sangre! ¡Más sangre!”
“¿Más? ¿Cómo es eso?” respondió Alberto desde abajo y al centro, levantando la vista y protegiéndose de los reflectores.
¿No ves los periódicos o qué?” gritó el chico desde el segundo piso.
Silencio.
Hubo un gran momento de silencio, mientras Alberto agachaba la cabeza y revolvía un montón de hojas.
Encontró en sus hojas un cuento dónde no había sangre y volvió la vista chico y se protegió de los reflectores.
“Pero el mundo no es nada más eso. No es nada más eso. Ese es el chiste.” dijo Alberto.
Otra vez silencio.
Ellos escriben la realidad, pero sólo es una parte y es que a nosotros nos toca la otra.